#LonelyPaCO con Naide Nóbrega: Unas palabras sobre Villamediana

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A veces, uno se siente dentro de una película. O de un libro. Voy a compartir con vosotros la última vez que me pasó a mí.

María, mi profesora en la Escuela Oficial de Idiomas, va más allá de la enseñanza de la lengua de Cervantes. Es una filóloga preocupada por que sus alumnos extranjeros hablen, escriban y comprendan el idioma perfectamente, pero también que sientan España a través de su cultura. Antes de mi último viaje a Brasil, le pedí una recomendación de lectura para la larga travesía transatlántica y me indicó Obabakoak, de Bernardo Atxaga. “Un gran libro. Ganó el Premio Nacional de Narrativa. Te va a gustar mucho”. Y así fue. Llevé a Atxaga para tumbarse en playas de arena calentita y conocer los puentes seculares de mi ciudad: Recife.

Volví a Palencia con una promesa: conocer Villamediana, localidad palentina donde se recluyó el escritor guipuzcoano para concebir la obra que trata de la vida en Obaba, un pueblo ficticio del País Vasco.

Villamediana no fue solo un refugio que proporcionó el silencio creativo necesario para el escritor. Cuando llegó al frío castellano pensó que estaba en un sitio vacío, perdido en la niebla. Pero poco a poco fue descubriendo personajes tan interesantes que dedicó un largo capítulo al pueblo y sus apasionantes historias. Al leer Obabakoak, más que admirar la perfecta narrativa del maestro Bernardo, me encanté con ese rinconcito palentino. Sabía que mucho de lo escrito era fruto de su imaginación, pero quería ver de cerca la casa de los pastores, los bares con sus connotaciones políticas y sociales, la iglesia con su imponente torre, la placita, los campos alrededor…

A la primera oportunidad, cogí a mí marido y a nuestras hijas de la mano y… ¡al pueblo!

Buscamos entonces cada escenario. ¿En qué casa se alojó Atxaga? ¿Aún viviría en allí su amigo el guarda forestal? ¿Cuál sería la casa del enano? Estoy segura de que cualquiera que ya leyó la obra llegaría al sitio con las mismas curiosidades.

Panorámica de la localidad cerrateña de Villamediana

Encontramos una bonita localidad con su majestuosa iglesia, sus caserones de piedra, el paseo sobre la acequia que por la noche es conocido como ‘el aeropuerto’ por su peculiar iluminación. Un pueblo castellano con sus silencios, sus calles vacías en un invierno helado y su inmensa paz. De repente dos chiguitos irrumpieron en los columpios de la placita donde estábamos. Al ver a nuestras hijas uno de ellos gritó: “¡Hay niños en el parque! ¡Es un milagro!” Nos reímos mucho. Al final, caminamos, hicimos fotos e identificamos algunos sitios.

Ya sin sol entramos en el bar frente al que habíamos aparcado, donde cinco hombres nos miraron con cara de sorpresa. “¿Quiénes son estos a estas horas de un domingo?” Me acerqué y pregunté: “Perdonad, pero ¿os suena este libro?” A partir de entonces, iniciamos una divertida charla. Resulta que el dueño del bar era hijo del propietario de uno de los bares que aparece en Obabakoak. Nos hablaron de Bernardo, nos revelaron qué era real y qué pura ficción literaria y, de repente, un joven con cara de buena gente me extendió la mano: “Encantado. Me llamo Dani. Soy hijo de Daniel, el guarda forestal”. Si tuviera más espacio os contaría todo lo que sentí apretando su mano y, más aún, paseando por el pueblo con él de guía. Nos enseñó sitios y nos contó anécdotas. Con su simpatía, Dani nos hizo sentir, verdaderamente, dentro del libro de Atxaga en una fría noche de invierno palentino.

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