#LonelyPaCO con Naide Nóbrega: Una Pasión palentina, con una mirada extranjera

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Silencio profundo. El toque alargado y contundente del tararú, esa corneta de tan impactante sonido, nos traslada a las trompetas de los tiempos romanos o medievales. Anuncia el paso de la procesión, marca el ritmo del caminar de los cofrades. Algo nos llena el pecho. Un silencio te toma el alma. Un sentir común de respeto invade la calle. Es Semana Santa en Palencia.

El tararú, personaje tan característico de la cultura religiosa de esta zona y algo tan vuestro y tan común para vuestras miradas, puede asustar a un forastero recién llegado. Para alguien que viene de lejos como yo, sin saber lo que le espera, ver a esta pintoresca figura por primera vez, con su singular vestir y sus pasos sentidos, penitentes, reflexivos, toca muy dentro. Intriga. Voy más allá y, con todo mi respeto, os cuento que en un primer encuentro a los extranjeros nos suelen recordar a los del Ku Klux Klan. O sea, todo lo contrario de lo que de hecho representan los tararús en este momento tan bonito de Pasión y amor por la humanidad que es la Pascua católica.

A mí, como cristiana y católica, me duele y me emociona la muerte y Resurrección del Salvador y todos los ritos del período Pascual. Pero estoy segura de que, para cualquiera, incluso si profesa otra religión o hasta para un ateo en sus plenas y respetables convicciones, le impactará la Semana Santa en este país, pero especialmente en esta provincia, donde tanto se ofrece, no solamente en la capital sino también en sus pueblos.

Un verdadero regalo para los ojos (y para muchos, para el espíritu) son los pasos, preciosamente trabajados en madera, oro, plata, yeso, tela y, principalmente, trabajados en la fe. Una imaginería tan rica y realista que abarrota lugares como la extensa Calle Mayor, de una forma que solo vi en los carnavales de mi tierra natal. Anónimos prestan sus cuerpos – hombros, brazos y piernas – para que estas obras de arte puedan seguir paseando por seculares calles y avenidas. Es bonito ver los pies que van casi bailando para adelante y para atrás, sin fallos, y cómo este movimiento colectivo transforma en seres vivos lo que serían apenas esculturas inanimadas. Nos cuesta creer que algunos de estos pies incluso vayan descalzos, aunque cristales u otros objetos les puedan hacer daño. Sí, es algo impresionante.

Cada día de la Semana, una procesión distinta. Una cofradía distinta. En cada pueblo, sus particularidades. Muchísimo que ver, oír y, cómo no, que comer. El olor a pescado bien preparado aromatiza el ambiente en las horas de comida o tapeo. Hasta para una vegetariana como yo, las ganas son de probar todas las maravillas de esta época. Las torrijas, enemigas de nuestras básculas, nos recuerdan el dulce sabor de la vida nueva, una delicia que en mi querido Brasil es tan típica de las Navidades y que por aquí llega en este tiempo junto a toda esta cultura y con el bienvenido calorcito de la primavera.
Una Fiesta de Interés Turístico Internacional. Una semana para rezar, agradecer, confiar, entregar y creer en este Dios vivo. En esta ciudad viva. En esta provincia que renace aún más fuerte cada día, cada amanecer
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