#LonelyPaCO con Naide Nóbrega: Una mirada guiri sobre Palencia

412

¡DOS ESCOCESAS, UNA MARINERA Y UNA DE BRAVAS! El grito resonó en medio de un efervescente salón lleno de pesadas chaquetas colgadas, unas pocas mesas ya ocupadas (siempre pringadas por las salsas que rebosa de los platos que se están degustando) y, de pie, un mogollón de amigos voceándose para poder oírse. Una colección de fans de esta experiencia tan palentina, disputando cada centímetro de aquel espacio sagrado llamado La Mejillonera.

En el instante que atravesé por primera vez aquellas puertas me quedé impresionada con el ambiente, pero poco a poco entendí lo que estaba pasando: la casa me daba la bienvenida a la capital. Conocía, de sopetón, comida, estilo, clima y el rollo de una gente que demuestra que sabe de la vida. Gente que sabe que encontrar amigos, comer bien y valorar cada minuto de alegría es como vivir pequeños milagros. Gente que sabe que la felicidad es un plato que se come caliente.

Pisé Palencia por primera vez por amor. Un periodista palentino encantador de gentes me había encantado a mí también, que por años había sido apenas su amiga, colega de profesión (del otro lado del Atlántico) y admiradora.

En ese momento, éramos novios. Luego nos prometimos a los pies del Cristo del Otero (donde él jura que no se arrodilló, pero que quede aquí entre nosotros, sí lo hizo, y que nunca sepa que os lo he contado) y de vuelta a Brasil nos casamos y vivimos allá casi ocho años, hasta que abandonamos el país por sus graves problemas sociales.

En nuestra vida tropical teníamos de todo, menos el sagrado derecho de ir y venir. Ya con dos hijas, emprendimos el decisivo viaje a esta Tierra de Campos, donde además de todo lo que teníamos allá, íbamos a disfrutar del dulce sabor de la libertad. Un sabor que va mucho más allá de las tapas de La Mejillonera, las maravillas de La Traserilla, los torreznos del Guarro, las galletas de Aguilar o de los tocinillos de Villoldo.

Aquí, a partir de ahora, en esta página de PaCO, podré enseñaros un poquito cómo se ve todo esto siendo de tan lejos. Porque vivir en Palencia es no sentirse extranjera. Los brazos del Cristo, tan bien puestos por Victorio Macho, se relajan para abrazar a los forasteros. Lo vinos tomados en sus bares embriagan los corazones.

Las puestas de sol de Autilla calientan el alma, incluso en las tardes frías de invierno. Las idas y venidas por la Calle Mayor palentinizan a todos los que la recorren: un sitio donde a todos se ve, abrazos se dan y noticias se oyen. Todos esto sin contar las visitas impagables a los pueblos. Ah, los pueblos palentinos…

Llegué a Palencia para vivir en 2016 y así como mi amigo PaCO, me enamoré de esta ciudad, que elegí para hacerla mía. Por amor vine. Por amor aquí estaré. Aquí contigo me siento aún más cerca de Palencia. Siéntete invitado a mirar y admirar esta tierra conmigo, a través de los ojos de una guiri que todo lo que quiere es saborear y vivir esta Palencia viva.

Compartir
Artículo anteriorTORQUEMADA: Una cerveza para todos
Artículo siguienteAbran paso… Van sobre ruedas
Naide Nóbrega
Naide Nóbrega es una periodista y escritora brasileña con 21 años de carrera en Comunicación, especializada en asesoría de prensa, comunicación corporativa y redes sociales. Fue editora de la revista mensual Mon Quartier que circuló en la ciudad de Recife durante cinco años ininterrumpidos. Viajera impenitente, amante de la cultura, la gastronomía y la vida feliz, disfruta de su vida en Palencia desde 2016 junto a su marido y sus dos hijas.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here