Conocí Torquemada -Torque para los íntimos- para visitar el famoso puente por donde Juana La Loca pasó, en 1507, con el cortejo fúnebre de su marido, Felipe El Hermoso. El mismo sitio donde, tres siglos después, los hijos del pueblo opusieron heroica resistencia a las tropas napoleónicas, aunque los franceses consiguiesen entrar en la villa a sangre y fuego. Un puente que sigue presenciando historias y guardándolas como tatuajes dibujados en su firme piel de piedra. Un precioso puente sobre el Pisuerga con 25 ojos del pasado que miran al futuro.

También visité la majestuosa Iglesia de Santa Eulalia, donde está la pila en la que el Cardenal Cisneros bautizó a Catalina, hija de Juana, que sería un día la Reina Catalina de Portugal. Una mujer conocida por su gran corazón, lo que no me extraña, por haber nacido en una tierra de gente tan maja. Un poco de ese buen rollo llevaría Catalina en el alma.

Si esto no bastara ya, conocí la ermita románica de Santa Cruz, ubicada en el cementerio, y que inspiró al gran José Zorrilla (nieto del pueblo donde pasó muchos veranos) para escribir su cuento de La mujer negra.

Desde entonces, ya volví muchas otras veces porque quiero seguir viviendo Torquemada con todos los sentidos.

Estamos a las puertas de la Feria del Pimiento, una oportunidad preciosa para saborear Torque, principalmente, claro, su famoso fruto autóctono, reconocido sobre todo por el grosor de su carne, sus colores espectaculares, su dulce sabor y sus característicos cuatro morros. Para continuar con la gastronomía de la villa, tenemos el queso, la cerveza y el vino. ¡Jolines! ¡Es mucho patrimonio gastronómico para una sola localidad! ¡Nos toca disfrutarlo, pues!

Por cierto, hay que conocer el vino de hielo. Por si no lo sabes, sólo tres bodegas de España producen este vino dulce, fruto de una vendimia tardía, generalmente en diciembre, con las uvas congeladas. Hay que degustarlo despacio y de ojos cerrados. De preferencia, escuchando la buena música que mana de los instrumentos de Federico Acitores y Ana María de la Cruz, iconos de la organería ibérica, con un taller que nos enorgullece a todos. Es decir: Torquemada también tiene su buena música.

Para ir acabando, os recuerdo el santuario de Nuestra Señora de Valdesalce, el Museo Bustos, las tradicionales bodegas y las pintorescas minas de yeso que conocí recientemente. Vale la pena arriesgarse un poquitín para subir al monte y caminar por las galerías excavadas a pico y pala, aunque no reúnan las mejores condiciones para visitas turísticas. Ojo: es mejor ir con uno que sepa verdaderamente donde se mete. Con la hospitalidad típica de los “rabudos”, a mí me llevó un amigo que recorre este terreno desde niño. En el exterior, contemplamos pájaros, corzos, conejos y toda la naturaleza local. Un día precioso que desembocó precisamente en estas líneas. ¡Id a Torquemada! Para ver, tocar, oír, oler y saborear a lo grande.

* Dedicado a mi querida amiga Sonia García Lerma.

 

 

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