Hace unos días, en un parque, escuché a un abuelo que hablaba con un amigo, también mayor, sobre como los niños saben de la vida: «Estos chiguitos consiguen mirar al suelo y no ver barro y hierba, pero sí la diversidad de las plantas, los colores de las flores, lo impresionante que pueden ser las hormigas caminando juntas, llevando su comida a casa. Los niños no solamente observan. Quieren descubrir. Vivir lo que están conociendo como protagonistas de sus proprias historias. Quieren tocar los pétalos de las amapolas para saber cómo es su textura. Quieren participar de la jornada de las hormigas regalándoles un trocito de su merienda para que el bicho lo lleve en su espalda. ¿Cuánto aguanta de peso una hormiga? ¿Cuánto aguanta caminando? Son muchas preguntas, muchas respuestas y luego nuevas preguntas».

Os cuento esta historia para invitaros a aprovechar que Palencia ya nos ofrece días con muchas horas de luz y un calorcito que calienta las espaldas para salir a la calle. Vosotros, que habéis nacido en un sitio con seguridad para disfrutar del sagrado derecho de ir y venir por donde queráis no os podéis imaginar lo que es no tenerlo. En muchísimas partes de Brasil, de donde vengo, y de otros países con problemas sociales como los nuestros, muchos niños no observan la naturaleza, como decía el abuelo que he citado arriba. Pero es que no se puede dedicar mucho tiempo a mirar el paisaje cuando uno tiene que vigilar constantemente su alrededor. Porque los papás y las mamás tienen miedo de salir, de arriesgarse. Porque los malos están sueltos y los buenos están encarcelados en sus pisos apretados mirando teles que vomitan sus contenidos o pantallas mínimas de teléfonos.

Pero no estoy aquí para hablar de lo triste que es no poder, no tener, no hacer. Estoy para hablar de lo bueno que es poder, tener, hacer. Este fin de semana estuve en Carrión de los Condes, que ya está llena de sus peregrinos, y una vez más vi de cerca qué maravilla es tener un pueblo que tanto ofrece a sus visitantes, peregrinos o no. Estaba con mi hermana, que venía a pasar unos días en España. Paseamos por los parques, por los patrimonios seculares, tomamos un café en San Zoilo, vimos un montón de flores, árboles y también las hormigas que paseaban por el césped donde nos tumbamos para hacer un picnic. Recordé al abuelo que escuché el otro día en el parque. Me di cuenta del privilegio que es estar en Palencia, un sitio donde se tiene de todo y se puede vivir fuera de las ventanas.

Estos días también fuimos a Ampudia, Frómista, Autilla del Pino, Dueñas, Palenzuela y Aguilar de Campoo. ¡Qué orgullo de todo esto!

El sol que se presenta no es solamente un anuncio de la llegada de las lavandas o de los girasoles.  ¡Os está invitando! ¡Nos está invitando! Aprovechemos para pasear por nuestra ciudad, por nuestros pueblos e ir más allá del simple mirar. Contemplemos. Toquemos. Así, precisamente como hacen los niños.

Las páginas de PaCO son una guía de lo mucho que se puede hacer. Valoradlo. Me gustaría poder contaros claramente sobre lo que es este poder inmenso del acto de ir y venir. Pero creo que siempre me faltarán palabras para describirlo. Poder respirar hondo. Poder caminar en tu ciudad a las orillas del río, mañana, tarde o noche, escuchando los pájaros. A veces pienso que Palencia debería ser un verbo. Palenciar. Acción. Movimiento. Libertad.

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