Un día de estos, íbamos camino a Burgos en familia cuando me fijé en el cartel de la carretera indicando la salida para Palenzuela. Le comenté a mi marido que llevábamos ya tres años viviendo en Palencia y yo seguía sin conocer el pueblo. De repente, un volantazo y salimos de la autovía. El querido conductor nos cogió de susto, pero me dejó con la buena sensación de que estaba con un regalo sorpresa en las manos. Hasta entonces, todo lo que yo conocía de allí eran tan solo sus buenos vinos y las famosas cebollas.

No me imaginaba que el susto mayor no sería lo del volantazo, sino ver de frente unas ruinas tan majestuosas como las de Santa Eulalia. Incliné la cabeza desde dentro del coche para ver las ruinas con la boca abierta y auténtica cara de guiri. ¿Qué me cuentas? ¡Qué restos fantásticos tienen aquí! Cuando bajamos, mi marido, palentino de toda la vida, me miraba con orgullo y también con una pizca de culpa por no haberme comentado nunca sobre aquella maravilla.

Nuestras niñas corrieron bajo aquellos arcos de 800 años y yo traté de hacer decenas de fotos de aquella Palencia Viva, de aquellas piedras seculares que jamás morirán. Como marco para las imágenes había unas flores preciosas que se encontraban a los pies del monumento. De pronto, me volvió aquel sentimiento de: ¡Qué lugares tiene Palencia! E, infelizmente, qué poco se sabe de todo esto más allá, desde fuera del bosque.

Ya nada nos sacaría de Palenzuela aquella tarde. Seguimos de ruta por el pueblo. Avistar el puente medieval sobre el Arlanza y contemplar aquel paisaje te lleva un poco a la España de Carlos V (huésped por una noche en su retirada hacia el monasterio de Yuste), a la Palenzuela de nuestros antepasados, cuando todo aquello era un recinto amurallado y protegido por un castillo. También te lleva a pensar en la España de hoy, con sus cultivos y su patrimonio preservado. Y más en este caso, ya que la localidad es Bien de Interés Cultural por su Conjunto Histórico Artístico.

No es de extrañar que cuidemos mucho de un lugar que, aunque pequeñito, guarda grandiosas bellezas, además de importantes hallazgos arqueológicos y los restos del castillo y las murallas. Cosas de las que puedes saber más si visitas el Museo de la Torre del Reloj del Ayuntamiento, que está exactamente donde fue un día la puerta de la ciudad amurallada. Encontrarás documentos, la explicación de la evolución del casco urbano, piezas arqueológicas y otros puntos interesantes. Un sitio que ya sirvió de cárcel, vivienda y almacén, hoy está volcado en la divulgación histórica y patrimonial palentina.

También merecen tu visita la ermita de la Virgen de Allende el Río y las tres naves de la iglesia de San Juan Bautista. ¡Qué sitio! Para una guiri como yo, me parece mal no conocer lugares tan preciosos e importantes. Para un español, me parece imperdonable. Si todavía no has estado (o hace mucho tiempo que no vas por allí), prepárate para una inmersión en el pueblo. Así como una buena cebolla, esta muy noble y leal villa te sorprenderá capa a capa.

 

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