#LonelyPaCO con Naide Nóbrega: Los olores palentinos

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Debido a su afinado sentido del olfato, mi madre suele decir que en otra vida fue un perro. ¡Bendita sea la rama que al tronco sale! Yo salí exactamente igual. No sé en otra vida, pero en ésta estoy segura de que hay perros que pierden contra mi sensible nariz. Quizás por eso pasé toda la vida asociando olores a personas y sitios.

Mi primer contacto con España, en el año 2000, fue directamente en el Camino de Santiago. El primer olor que guardé del país, pues, fue el olor a limpio. Ya pensabais que iba a hablar del aroma de los peregrinos después de sus duras jornadas, ¿eh? ¡No! Me despertaba muy temprano para cada etapa del Camino, salía de los albergues y respiraba profundamente. Las calles olían a limpio. A detergente, no sé. Un perfume que guardaba con mucho cariño y que se mezclaba a las esencias de los bosques de Navarra, de los campos de Castilla, de los montes del Bierzo y de los pastos de Galicia (no me vengáis a hablar de las cacas de vaca, ¡por favor!). Al final, el resultado era lo que yo llamaba ‘olor a España’.

Años después, cuando subí por primera vez la escalera de la casa de mis suegros, aquí en Palencia, mi corazón latió más fuerte. Una fragancia me llevó al mismo y conocido olor.  Aunque después supe que lo que sentía en verdad provenía de los productos utilizados por el pintor Antonio Capel en su estudio. Un aroma que sale de su puerta y que hasta hoy invade mi olfativa alma cada vez que paso por aquellas escaleras. ¡Qué gustazo! Aprovecho la excusa de los muchos escalones para subir despacito disfrutando un ambiente que para mí es de pura nostalgia.

Palencia es una provincia que día a día me conquista también por la nariz. Uno de sus aromas es especialmente significativo: el de la fábrica de Seda, que penetra por las ventanas de mi casa sin pedir permiso y domina todo. Aún más en los días de lluvia. Algo tan normal y corriente para vosotros, palentinos, se convierte para los forasteros en un convite excepcional para tomar una buena taza de café.

Me alejo un poquito de la capital para hablar del olor inconfundible de la tienda de La Trapa. Visitarla es un placer también olfativo. Por eso, cuando llego por ahí respiro tan hondo cuanto puedo. ¿Y qué decir de las confiterías palentinas? Hace un año entré en una que se llama La Perla Alcazareña, en Villasirga, para comprar una botella de agua y todavía tengo en la memoria el olor fascinante de anís que salía de aquel obrador.

Imposible no hablar del perfume a madera quemada tan típico por aquí en invierno. A veces, caminando por la calle, cierro los ojos e imagino cómo arde la leña dentro de cada chimenea. ¿Quién estará calentándose frente a ella, con un libro en las manos? Ya en la primavera, preparo mi olfato para la fiesta del Corpus de Carrión de los Condes y los aromas que emanan de sus coloridas alfombras de pétalos. En otoño, las castañas asadas que saben (y huelen) a gloria. En el verano, el encuentro con las lavandas. Coger un ramito, estregarlo muy fuerte, llevar las manos a la cara y respirar lenta y profundamente. Ah… esto también es Palencia.

¿Y vosotros, os atrevéis a apuntar vuestros olores palentinos preferidos?

 

 

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