La combinación sorprendente de circo y crítica social de la mano de Teatro Paraíso

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Por ALFREDO GARCÍA MISAS

 

El reloj marca las 20:49 horas y los vecinos de la capital palentina están ya sentados en las sillas dispuestas en la plaza San Pablo para ver la obra circense programada para las nueve: ‘Lunaticus Circus’ de la compañía Teatro Paraíso. Comienza la música y los que se han quedado sin sitio se congregan detrás de las butacas improvisadas, expectantes por ver el espectáculo. La melodía traslada a los presenten a lugares lejanos: un atardecer parisino bajo la atenta mirada de la Torre Eiffel, los mimos y artistas callejeros en las calles pavimentadas, la gente preparada para aplaudir. La escena en blanco y negro desvanece de cualquier mente vagante y da paso al verdadero montaje.

La música cambia y con ella el ambiente se torna de misterio. Sale el primer personaje, Nico, confundido ante una vieja caravana de circo que se ha encontrado. “Tengo miedo”, se queja un niño de dos o tres años subido a los hombros de su padre. Pero los gestos del actor son lejos de ser terroríficos. Más bien caen en la categoría de burlones y exagerados, todos ellos para hacer reír a un público impaciente. El hombre se mete en la caravana y de repente aparecen otros dos personajes, Pirú y Antón. Estos se meten entre los espectadores para llegar al espacio dejado como escenario. Las gracias de ambos al no poder entrar en la caravana sacan las primeras carcajadas de los más pequeños.

El encontronazo cómico entre los tres protagonistas se tiñe de comentarios políticos y la pieza dramática de piano de fondo acompaña a la perfección. Bajo un típico pero eficaz humor, la obra comienza a mostrar la pobreza y la hambruna, ambos estragos causados por la crisis. Con el fin de poder volver a vivir dignamente, les surge la idea de montar ‘El circo de los alegres vagabundos’. Gracias a una narración imperceptible, pasan a los números circenses que todo el público parece conocer y amar: el diábolo, malabarismos, el tiro de aros y la interpretación de un cazador con su perro. A pesar de ser trucos ya manidos, niños y mayores disfrutan a la par.

Finalizadas las actuaciones retoman la crítica social. Impulsados por la necesidad de salir de la penuria, los deseos de grandes espectáculos con fieras salvajes y circos de cuatros pistas toman vida. Sin previo aviso, se hincha un globo de tres metros de altura de un monstruo que sale de debajo de la caravana. El susto junto con los efectos acústicos causan la estampida de los niños más pequeños hacia sus padres, algunos con llantos en sus labios. La escena resulta ser el sueño de los personajes dormidos que se despiertan sobresaltados. Una vez tranquilizados, muchos niños retornan a sus sitios, ya fuera de las garras del monstruo. A pesar de la pesadilla, los protagonistas se lanzan a perseguir sus sueños y montan un circo ambulante: ‘Lunaticus Circus Tournée’.

Tras una rápida secuencia en la que viajan y triunfan por todo el planeta y más allá (actúan incluso en la luna), llegan por fin a Palencia. Allí inauguran su espectáculo de imaginación y fantasía. Es este el momento en el que comienzan los números verdaderamente sorprendentes: esferas flotantes, equilibrios que desafían la gravedad, y la interpretación metafórica del hambre y el frío que hace pasar la más cruda pobreza. Con esta última escena, la obra termina y el público estalla en aplausos.

Bajo el pretexto del humor y los trucos de circo, Teatro Paraíso ofrece un espectáculo de tres cuartos de hora, aproximadamente, cuyo objetivo parece ir más allá del puro entretenimiento: la reflexión. Brillante resulta especialmente la manera en la que trata un tema tan delicado para un público infantil y con los tonos esperanzadores que muchos adultos aún necesitan. La reacción de los espectadores ante esta obra galardonada manda una respuesta clara de éxito absoluto.

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